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El cambio climático y la Amazonía.














Por: Vari@s autor@s // Fuentes: Virginia Bolten
       

   


 
     

El escenario de destrucción masiva de la biodiversidad, de cuerpos y del Sistema Tierra tal como lo conocemos, da pistas de una decadencia vertiginosa de lo que llamamos civilización. Mientras muchas comunidades, sean ellas científicas, sociales u originarias alertan sobre lo que podría ser “el fin del mundo” —según la concepción del líder indígena Ailton Krenak—, la respuesta de la “humanidad zombie” es aumentar las ganancias para disminuir las pérdidas, sin tocar las estructuras del problema.

El contexto de colapso ambiental llama la atención de todo el mundo en cuanto a la necesidad de tomar medidas urgentes para impedir que se profundicen los eventos extremos vinculados a la emisión de CO2 y de gas metano en la atmósfera. Esta situación se agrava por la destrucción de las selvas tropicales —que son las responsables de equilibrar el clima— , dentro de las que se encuentra la Amazonía, que es la más grande del mundo, pues ocupa 6,8 millones de km2 y abriga a 33 millones de personas y miles de especies.

En los últimos años, climatólogxs y científicxs del clima vienen demostrando su preocupación respecto de la pérdida de cobertura forestal en los países sudamericanos y nombran esta situación como un punto de transformación sin retorno. Se estima que si la deforestación del bosque amazónico supera el 20% o 25%, el mundo —desde el punto de vista de un colapso climático— llegaría a su punto de inflexión. Hoy el porcentaje de deforestación de la Amazonía es de un 17%, y la tendencia es de aumento en los próximos años.

Sumado a la deforestación está el proceso de sabanización de la Amazonía como consecuencia del cambio climático, debido al calentamiento global, y de la muerte de los árboles típicos del clima húmedo que son responsables de absorber CO2. En el sur de la Amazonía, el periodo de sequía ya es más largo y se registra un aumento de 3 grados en las temperaturas. Debido a todos estos factores, hay una pérdida de capacidad de reciclar el agua y un cambio en el régimen de lluvias.

Todos estos cambios han transformado la región en un peligroso emisor de CO2. En lugar de cumplir con la función de ayudar a equilibrar la temperatura global, el bioma pasa a emitir más CO2: hoy el 20% de la Amazonía emite más dióxido de carbono de lo que absorbe, debido a la pérdida de árboles.

Bajo el lema “Uniendo al mundo para hacer frente al cambio climático”, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26) —celebrada en Glasgow (Reino Unido) del 31 de octubre al 12 de noviembre de 2021— reunió a representantes de 200 gobiernos con el objetivo de acelerar la acción climática para el cumplimiento del Acuerdo de París. Considerado uno de los grandes avances en los debates acerca de las estrategias a ser adoptadas para que se logre limitar el calentamiento global a 1.5 grados a finales del siglo XXI, líderes de más de 100 países se comprometieron a acabar con la deforestación para el año 2030. Esta intención contó con el compromiso de inversión de 10.340 millones de euros para medidas relacionadas a salvar los bosques.

Los pueblos indígenas estuvieron en el centro de la discusión acerca de la preservación y recuperación de los ecosistemas ya que sus territorios abarcan el 20% de la superficie mundial que conserva el 80% de la biodiversidad del planeta, y en la Amazonía brasileña, sobre todo, el grado de conservación es aún más notable. Frente al evidente rol de los pueblos indígenas como protectores de los territorios y aliados estratégicos en la lucha contra la emergencia climática, el Reino Unido, Noruega, Alemania, EE.UU, los Países Bajos y 17 donantes estadounidenses se han comprometido a apoyar con 1.470 millones de euros a los pueblos indígenas, desde ahora y hasta 2025.

El compromiso, sin embargo, no parece ser suficiente. Según los más recientes informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) —el principal órgano internacional para la evaluación del cambio climático—, hay más del 50% de posibilidades de que los 1.5 grados sean alcanzados entre 2021 y 2040 —con una estimación promedio de que ocurra a mediados de 2030—. Eso se debe al hecho de que las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI), en lugar de disminuir, han aumentado los últimos años y la preocupación por reducir las actividades que contribuyen a las emisiones tampoco fue tomada en cuenta.
Actividades como la ganadería industrial y la agricultura intensiva, que vienen cambiando significativamente los modos del uso del suelo, no están en la mesa de debates de estos mismos países que ahora quieren invertir para revertir la situación de colapso ambiental.

El informe del IPCC de 2022 es nítido respecto de las acciones a ser tomadas. Entre ellas está la reducción de la emisión de gas metano a un tercio, reducción drástica de los gases provenientes de la quema de combustibles fósiles, uso responsable del suelo y la recomposición de los bosques.

Frente a los retos que se imponen, la lógica de los negocios sigue su ambición predatoria y colonialista que tiene por objetivo la ganancia a cualquier costo —sin importar si quedará sobre la Tierra la posibilidad de manutención de la vida— dentro de un sistema que se reinventa cada día más violento e irracional. La destrucción de las fuentes de equilibrio que pueden garantizar el futuro de las especies, humana y no humanas, es el nítido desprecio por lo que llamamos casa común. Pensando en ese estado de cosas, desde Virginia Bolten nos preguntamos: ¿por qué seguimos permitiendo el desarrollo del capitalismo?.






 
 

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