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Ecología:

Para una crítica al consumismo.










Por: Antonin Cheron- La izquierda diario
       

   
 
     

Révolution Permanente entrevistó a Razmig Keucheyan, sociólogo, profesor de la Universidad de Burdeos y autor de Hemisferio izquierda –tema sobre el que ya lo entrevistamos en este semanario– y Les besoins artificiels: Comment sortir du consumérisme [Necesidades artificiales: cómo salir del consumismo]. En esta entrevista vuelve a la importancia de la crítica del consumo para un marxismo que pretende articular la lucha de clases y la lucha ecológica.

Decís que los marxistas han mostrado relativamente poco interés en el consumismo, y sin embargo es fundamental para tu trabajo. ¿Podrías explicar por qué?

Todo lo que los marxistas han estado diciendo durante las últimas tres o cuatro décadas está sucediendo ante nuestros ojos. Las contradicciones del capitalismo están dando lugar a una profunda crisis económica, que comenzó en 2008. De hecho, es una manifestación de una crisis más antigua que comenzó a mediados de la década de 1970. Esta crisis económica está afectando al campo político, llevando a una deslegitimación de las instituciones de la democracia representativa y de las viejas estructuras partidistas. Gramsci lo llamaría una “crisis orgánica”. Y al mismo tiempo, la crisis económica que se ha convertido en política va acompañada de una crisis ecológica. La tendencia del capitalismo a sobreexplotar los recursos naturales, y a causar contaminación y desastres naturales, es cada vez peor. Tres crisis simultáneas, en resumen: económica, política y ecológica. Por supuesto, no hay nada de lo que alegrarse: como siempre, son las clases trabajadoras las que pagan la cuenta. Pero si la influencia de una corriente de pensamiento tiene algo que ver con sus capacidades analíticas, deberíamos ver un retorno del marxismo en los años venideros, un retorno que ya estamos viendo en los cuatro rincones del mundo.

Por todo ello, los marxistas deben hacer el esfuerzo de innovar, de no repetir una y otra vez las enseñanzas de Marx y de los marxistas clásicos. Deben hacer lo que han hecho a lo largo del siglo XX: investigar el capitalismo, sus transformaciones y las luchas de clase que resultan de ello. Mi libro sobre el consumismo quisiera ser parte de este trabajo colectivo.

Tradicionalmente, los marxistas se han centrado en los procesos productivos, la extracción de valor y las formas de organización del trabajo en particular. La razón de esto, para decirlo simplemente, es que Marx hace de los trabajadores la principal palanca de la transición al socialismo. Por supuesto, debemos seguir analizando los acontecimientos en el mundo del trabajo, e imaginar el potencial emancipador que contienen.
Pero también es importante interesarse por el consumo, y más en general por la vida cotidiana, por dos razones en particular. En primer lugar, porque el consumo es cada vez más importante en el funcionamiento del capitalismo. El gasto en publicidad de las grandes corporaciones, por ejemplo, ha crecido constantemente a lo largo de los siglos XX y XXI [1]. La creación de necesidades artificiales siempre nuevas a través de la publicidad −o facilitando las condiciones de crédito− con el fin de conseguir bienes para vender es una necesidad apremiante para el sistema.

En segundo lugar, porque al criticar el consumo, hacemos la conexión entre la lucha de clases y las cuestiones ecológicas. El consumismo no solo es alienante, sino que también es ecológicamente insostenible. Hoy en día, están en marcha formas de politización a través de la crítica al consumismo, que van mucho más allá de los círculos tradicionales de la izquierda. La gente puede sentir que hay algo malo en nuestro estilo de vida consumista. Se trata de estar atento a este sentimiento, a menudo latente, que podría llevar a una crítica más general del sistema.

El marxismo ecológico es una corriente que se remonta a los años 70. Mencionás en particular el trabajo de André Gorz y Agnes Heller. ¿Podrías decir unas palabras al respecto?

André Gorz y Ágnes Heller son, junto con el propio Marx, los principales representantes de lo que yo llamo en el libro la “teoría marxista de las necesidades”. Gorz y Heller hicieron una observación similar al mismo tiempo, en las décadas de 1960 y 1970, sobre la dinámica de las necesidades en las sociedades modernas. Pero lo hacen en sociedades diferentes. Gorz analiza las sociedades occidentales, que desde los años 50 han entrado en la “sociedad de consumo”. Con los Treinta Gloriosos, las necesidades materiales de más y más sectores de la sociedad están siendo satisfechas. Pero esto no impide que la lucha de clases esté en pleno apogeo, y este desarrollo económico, sin precedentes en la historia del capitalismo, da lugar a nuevas formas de alienación. Esto culminará en mayo del 68, un evento en el que se combinan las críticas a la explotación y la alienación.

Heller es húngara. Defiende un marxismo humanista anti-estalinista. Define el estalinismo como una “dictadura de las necesidades”: una casta de burócratas de la planificación decide de manera autoritaria cuáles son las necesidades legítimas, las que la sociedad satisfará y las que no. El individuo y sus necesidades se convierten en una cantidad insignificante en la definición de las necesidades. El argumento de Heller es que todo el sistema de Marx está orientado a la emancipación del individuo y sus necesidades de las garras del capital. Por lo tanto, utiliza la teoría de Marx de las necesidades para criticar el estalinismo.

Gorz y Heller llegan a la misma conclusión: la lucha por definir y satisfacer las necesidades es una fuerza impulsora de la emancipación. Sus ideas se remontan a medio siglo atrás, pero en mi opinión siguen siendo muy actuales. En mi libro, trato de usarlos para entender el mundo en el que vivimos.


Decís que las asociaciones de consumidores podrían convertirse en una fuerza política en los próximos años. ¿Cómo llegaste a esa idea?

La historia de las asociaciones de consumidores es compleja y apasionante. A principios del siglo XX, estas asociaciones se interesaron mucho por las cuestiones de producción: las condiciones de trabajo y los niveles salariales en particular. Por ejemplo, realizaron “encuestas a los trabajadores” para comprobar que los jefes respetaran ciertas normas relativas al respeto de los trabajadores. No se limitaron, como lo hacen hoy, a una concepción estrecha de los intereses del consumidor. Como resultado, las alianzas con los sindicatos fueron más frecuentes. Hay muchos episodios, especialmente en los Estados Unidos en los decenios de 1920 y 1930, en los que se utilizan simultáneamente huelgas (detención de la producción) y boicots (detención del consumo) en una lucha.

Poco a poco, los temas de producción y consumo se fueron diferenciando durante el siglo XX: los sindicatos fueron los primeros, las asociaciones de consumidores los segundos, sin convergencia. En Francia, en particular, el Estado fue un factor determinante en la separación de ambos, ya que quiso dotarse de interlocutores “no políticos” en el período de posguerra en materia de consumo. Por lo tanto, hoy en día, las huelgas y los boicots casi nunca se utilizan de manera conjunta para obtener un equilibrio de poder.

Esto es ficción política, pero en mi opinión, uno de los grandes retos de las próximas décadas es reconectar lo que el siglo XX ha desconectado. Ahora es cuestión de pensar en la producción y el consumo juntos. Por eso imagino en el libro la creación de “asociaciones de productores-consumidores”, en las que se discutirían conjuntamente los temas de producción y consumo. Estas asociaciones pondrían la cuestión de las necesidades en el centro de su acción: ¿qué producir, para satisfacer qué necesidades? Si empezamos por determinar democráticamente las necesidades que queremos satisfacer, ponemos en cortocircuito el productivismo y así reducimos la presión sobre los ecosistemas.

Más en general, subrayás la necesidad de una alianza entre el movimiento obrero y el movimiento ambiental. Y señalás la centralidad del sector de la logística en esta alianza. ¿Por qué?

La importancia de la logística en el capitalismo contemporáneo ha sido señalada por muchos autores. Un importante pensador virtualmente desconocido en Francia es Kim Moody, uno de los fundadores de la revista Labor Notes [2]. Moody es el autor del mejor libro que conozco sobre las luchas de clases a principios del siglo XXI [3].

Moody hace dos observaciones. En primer lugar, con la globalización y las nuevas tecnologías, la logística se está volviendo más importante en el funcionamiento del capitalismo. Amazon me viene a la mente, por supuesto, pero es un fenómeno más general. Con la internacionalización de la producción, la circulación de los componentes de las mercancías es una cuestión decisiva. Esto implica que el número de trabajadores de logística está aumentando, tanto en los países del Sur como en los del Norte.

En segundo lugar, los límites entre la producción y la logística tienden a desdibujarse. Hasta finales del siglo XX, la producción produce, la logística entrega. Pero con la producción justo a tiempo, el just-in-time post-Fordista, la logística se convirtió en una parte integral del proceso de producción. Por ejemplo, la producción de un bien se completa en el momento en que se entrega en el punto de venta. Conclusión: la logística será un campo de batalla decisivo en las luchas de clases de mañana. El control de los flujos logísticos, la capacidad de los trabajadores para interrumpirlos o desviarlos, es una apuesta estratégica importante.

Hay un capítulo en el libro sobre la garantía, la extensión del período de garantía de los bienes, que decís que es una reivindicación que frenaría la tasa de rotación de los bienes. ¿No es una medida testimonial?

Las cifras muestran que el 80 % de los bienes en garantía son devueltos para ser reparados por el consumidor. Sin embargo, este porcentaje cae a menos del 40 % una vez que la garantía expira. Cuanto más largo es el período de garantía, más tiende el consumidor a reparar en lugar de comprar nuevos bienes, lo que frena el ritmo de su renovación. La ampliación de este período de dos a diez años es una exigencia de un colectivo de asociaciones, liderado por Amigos de la Tierra.

El hecho de que tal medida no sea testimonial queda atestiguado por el hecho de que cada vez que se ha planteado la cuestión de la ampliación de las garantías jurídicas, los industriales se encuentran en un estado de agitación. La ley Hamon sobre el consumo de 2016 había querido reforzar ligeramente y de forma no vinculante estas garantías. Los empleadores pelearon amargamente contra la medida. Saben dónde está su interés: en la constante aceleración de la velocidad de rotación de las mercancías, es decir, en la lógica desenfrenada del productivismo y el consumismo, de la que depende el nivel de sus beneficios. Los revolucionarios debemos idear medidas inmediatas y a largo plazo para frenar esta lógica. La extensión de la duración de las garantías legales es una de esas medidas, entre otras.

¿Existe un vínculo entre el problema de las necesidades y el movimiento social contra la «reforma» de las pensiones que se está llevando a cabo actualmente en Francia?

Lo que impresiona en este movimiento es su capacidad de evitar ser encerrado en argumentos puramente contables. Por supuesto, ha sido capaz de desafiar maravillosamente las cifras movilizadas por el gobierno en apoyo de su “reforma”, que debería llamarse “contrarreforma”. Pero al final, la pregunta fundamental que plantea este movimiento es cualitativa, incluso diría que existencial: ¿qué es una vida emancipada de la explotación y la alienación capitalista? ¿Hay instituciones o momentos de la vida que todavía escapan a la mercantilización? La cuestión de las pensiones permite así combinar la crítica cuantitativa y cualitativa del sistema. A Gorz y Heller les habría encantado.

 
 

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